Cuidar la democracia

Cada día al despertarme, en una casa ajena donde personas queridas me han acogido aquí en Roma, tengo un momento de extrañamiento1. No encajan las piezas: la cama desconocida no se aviene con el ultimo decreto gubernamental; las contradicciones del sistema de salud y la organización del capitalismo contemporáneo no se ajustan a mi cuerpo desvelado por la falta de libertad. Menuda novedad para el resto del mundo, pienso después del café.

Hemos renunciado a muchas libertades, colectivas y personales. El "para qué" me queda claro: se trata de cuidarnos unas a otras, de cuidarnos en común, de asumir una responsabilidad y construir juntas la "capacidad de responder” a lo que viene. Pero responder al “por qué”, a las razones, es más difícil y sin embargo este también tiene que ser un ejercicio colectivo que componga practicas y análisis situados. Mi punto de vista es el de la investigación militante (y colectiva, con los proyectos Entrar Afuera2, Palinsesto Basalgiano3 y Pandemie Locali4) en los sistemas de salud.

Para buscar entender de dónde viene la situación que vivimos, aporto alguna reflexión sobre este ultimo aspecto. Al hablar de salud, es útil romper la homonimia entre sanidad y salud. No tanto para definir una dicotomía entre las dos, sino para reconocer la complejidad con que se mezclan diferentes niveles. Y pensar que la sanidad, como organización social y técnica de saberes y practicas, es un agente fundamental en la salud, en cuanto ecología, en cuanto proceso abierto, complejo, interdependiente y vivo de cuidados singulares y sociales.

Cuando consideramos solo la sanidad, nuestra atención se centra inmediatamente en el hospital, es decir el espacio que construye nuestros cuerpos como objetos pasivos sobre los cuales actúa un saber técnico excluyente (yo se y tú no sabes) y cuya objetividad es aparente: basta con leer las discusiones entre personas expertas en virología, neumología o epidemiología en estos días para darnos cuenta de cuánto son útiles en su diversidad cuando suman conocimientos para enfrentarse a una situación compleja (y cuánto pueden ser peligrosas cuando afirman verdades de papel).

Por ello es fundamental, a la vez que aplaudimos la entrega y la generosidad de personal sanitario, discutir social y políticamente cómo reorganizar un sistema de salud. Un sistema que está fallando, tal y como ha quedado demostrado en estos días. Y está fallando justamente cuando la organización de los cuidados circula prioritariamente por instituciones sanitarias de tipo bio-médico como los hospitales, una estructura donde la gente se contagia, o las residencias para ancianos, donde se concentran las poblaciones, no solo físicamente sino también políticamente, más vulnerables (y silenciadas, como es el caso también de los centros de internamientos de migrantes y las prisiones)5.

El modelo actual en Europa está muy desequilibrado, económicamente pero más todavía culturalmente, hacia el primer polo de la distinción entre sanidad y salud. Y las contradicciones emergen de manera violenta en estos días: allí donde no hay un sistema de atención primario social y sanitario fuerte, es decir, médicas de cabecera, operadores sociales y socio-sanitarios, centros territoriales con servicios de proximidad que conocen la vida de la gente (¡pero también que tengan legitimidad y poder decisional en sus propias estructuras!), no solo se sobrecargan los sistemas secundarios –hospitales y unidades de cuidado intensivo– sino que habrá repuntes críticos en los próximos meses. Porque las políticas públicas de salud solo encontrarán los malestares en el momento de la urgencia o en el tiempo pandémico de la emergencia, como nos recuerda Jasmine McGhie6.

Ejemplar es la debilidad de los sistemas de atención primaria en las regiones más afectadas de Europa, Madrid y Milán sobre todo, donde no solo quienes tienen una situación de gravedad no pueden hacer otra cosa que acudir al hospital, sino que el desconocimiento del territorio por parte del sistema de salud impide a la medicina actuar de manera proactiva y coordinada con otros actores, para complementar sus herramientas con las del resto de las instituciones locales y de las redes comunitarias; y sin embargo en las dos regiones, así como en muchos otros lugares, hay prácticas virtuosas por parte de los profesionales continuamente minusvaloradas desde los aparatos.

Para evitar la repetición continua del colapso de los sistemas de salud, no basta con aumentar las UCI en los hospitales, hace falta coordinar esfuerzos médicos y sociales con las energías y los conocimientos específicos y situados de cada territorio. Es necesario “saltar afuera”, como nos dice Franco Rotelli7. Pensar cómo organizamos un conjunto de saberes, infraestructuras, culturas, recursos y biografías (expertas, como las llaman, y con experiencia, institucionales y comunitarias, etc.) para responder a la creciente fragilidad de nuestra sociedad, en su día a día.

Descentralización territorial, distribución de saberes y recursos son las claves necesarias para que la curación sea posible, afirmando un sistema de salud que pueda intervenir en las desigualdades de la vida de manera integrada. Desigualdades que marcan la salud de las personas (la casa o el trabajo que tenemos, o no tenemos, inciden en nuestro riesgo de contagio), pero que también determinan nuestro "derecho a la salud” (formalmente, por tener los papeles necesarios, o materialmente, por conocer o no nuestros derechos). La privatización de la salud no pasa solamente por la mercantilización del sistema sanitario, es decir, por privarnos del derecho a acceder a servicios gratuitos, universales y de calidad, sino que dicha privatización es también la individualización de la responsabilidad de cuidar. Para romper esta individualización es fundamental constituir otra alianza entre sociedad e instituciones.

Se trata entonces, en primer lugar, de sistematizar las diferentes articulaciones del Estado del bienestar para que las instituciones hablen entre sí, compartan informaciones y diagnósticos, pero sobre todo para que esta colaboración se abra a los saberes sociales, integrándolos en la definición común de maneras de vivir que tengan en cuenta la singularidad de cada territorio.

Al mismo tiempo, es necesario asumir la complejidad y el poder que los saberes técnicos llevan consigo y pensar maneras para democratizarlos. Cuando saber es sinónimo de poder, la única articulación posible es la de un gobierno que administra la incertidumbre (informado por la ciencia) y un pueblo que obedece, justo lo contrario de la consigna zapatista. En cambio, si pensamos el saber como una responsabilidad frente a lo desconocido, el riesgo se convierte en un territorio compartido que podemos conocer mejor si democratizamos los saberes técnicos, si nos involucramos como sociedad en las diferentes capas, técnicas y experienciales, que componen la situación dramática que vivimos.

El virus no es el bicho en sí: vive dentro de nuestras formas de vivir, de nuestras interdependencias y convivir con él significa repensar las maneras en que vivimos como sociedad. Es necesaria otra imaginación política capaz de crear sinergias y desactivar la separación entre “expertos” y “pacientes”, capaz de articular de forma democrática sujetos sociales y actores públicos. Esto implica confrontarse con las formas empresariales que componen nuestra sociedad, tanto con las muchas empresas cooperativas o con una ética social que actúan de forma virtuosa en este momento, pero también con aquellas corporaciones que tienen un poder enorme y en una fase tan critica abusan de ello. Y finalmente construir otra imaginación política significa volver a poner en riesgo dentro del contexto actual nuestras propias éticas: éticas que hoy como nunca tienen que repensarse y reconocer que las condiciones y las posibilidades de nuestra acción están cambiando de manera profunda.

Las prácticas de ACT UP 8, el sindicato de enfermos de SIDA en la década de los 80 y 90, nos los han enseñado: no somos objetos, no somos pacientes. Queremos saber y ser las protagonistas de la recuperación, porque nosotras somos la información necesaria para combatir el virus y el actor que puede abrir otro camino. Pero ACT UP abrió este camino entre mil dificultades y duelos, y con todas las complejidades que una responsabilidad crítica lleva consigo: no solo a la hora de exponer las contradicciones del sistema, sino a la hora de enfrentar la dramática reinvención del mundo, de nuestro mundo, que la situación actual impone a nuestra vida. Y es necesario pensar políticas públicas y prácticas comunes que actualicen esta posibilidad: la alianza entre saberes, experiencias y recursos. Al contrario, la lógica neoliberal de producción volverá inmediatamente a organizar otra manera de explotación, más peligrosa todavía. Y nosotras volveremos a ser nada más que transmisores de contagio, agentes involuntarios que controlar. El objeto pasivo de políticas de salud pública.