La calle feminista: del 3 de junio al 8 de marzo

Photo: Cecilia Barriga.

Acordamos vivir y vivir es luchar. Consigna del Encuentro de mujeres luchadoras, Chiapas, 2018

"Aquí no sobra nadie", dijo Nora Cortiñas ante centenares de miles de manifestantes, el 8 de marzo de 2018. En esa frase se condensa un movimiento, una decisión política, una apuesta ética. No sobra nadie. 2017 comenzó con una multitudinaria marcha de mujeres contra la ofensiva conservadora liderada por Trump. El 8 de marzo, movimientos de 55 países confluían en el primer paro internacional de mujeres. El año anterior un ejército de mujeres liberaba Raqqa, capital de Siria, del Ejército islámico. Al mismo tiempo, la presidenta de Brasil era destituida por un golpe. En México, el neo zapatismo, tuerce su tradición autonomista para abocarse a una campaña electoral, que encabeza Marichuy, médica tradicional del pueblo nahuatl. Parte del extenso Brasil fue recorrido por la Marcha de las mujeres negras. En Argentina siguió saliendo a las calles un feminismo multitudinario, popular e interseccional, que tiene como hito el 3 de junio de 2015, cuando marchó con la consigna Ni una menos. La marea es internacional y políglota. Se inventa y se transforma. Hydra de mil cabezas, nuevo sujeto político, fuerza amenazante, enigma a descifrar, apuesta de todos nuestros insomnios.

Mujer no es dato biológico. Es lugar de enunciación político: nombramos así un conjunto de existencias que exceden la construcción histórica del género mujer, para incluir a otros devenires que se distancian, lesbianas, travestis, transexuales. El movimiento toma la categoría constituida, existente dentro del orden social y discursivo, para realizar su crítica práctica y teórica. La deconstrucción política de nuestros cuerpos es a la vez construcción de una política desde nuestros cuerpos. El sujeto del feminismo contemporáneo se constituye desde la afirmación de género pero a la vez se cuestiona los géneros disponibles y los patrones de regulación de los comportamientos. Va del esencialismo estratégico al estallido de cualquier reconocimiento identitario dispuesto por la trama social. Al interior de la rebelión feminista, hay distintas rebeliones. La única no es aquella que quiere romper el techo de cristal y tener las manos libres para una competencia de igual a igual. Otras insurgencias hay en curso, igualitaristas y heterodoxas, que ven en el feminismo un modo contemporáneo del comunismo, que apuestan a una nueva fraternidad, al conventillo popular, a la abigarrada composición de nuestras existencias.

Me detengo en lo que pone en escena Ni una menos, en una experiencia política de movilizaciones y organización. ¿Qué es ese acontecimiento que se cifra en una frase, que se vuelve santo y seña, código común, recorrido por múltiples sentidos, herramienta de diversas construcciones políticas, terreno de controversias? Acontece un movimiento que no tiene jefas, ni líderes, ni dueñas. Tampoco una interpretación única ni legítima. Recuerdo el uso del lema que hicieron dos niñas. Una, en la escuela, llora sin parar. Es derivada a una entrevista con la trabajadora social. La nena no puede hablar, hasta que dice: me pasó lo que dice Ni una menos. La frase tradujo una situación de abuso sexual hogareña. Otra niña conversa con su abuela. Tiene ocho años y pregunta sobre una pareja de lesbianas. Interroga si el vínculo antes clandestino se hizo público por la existencia de Ni una menos, que defiende todos los derechos de las mujeres.

El movimiento surge como grito colectivo y multitudinario contra la violencia hacia las mujeres -en un contexto de ascenso de los femicidios pero también de desnaturalización de las violencias-, y va articulando una agenda de demandas cada vez más amplia y radical. Dice que todas las vidas valen y cada cuerpo cuenta. Cuenta porque deben ser cuidados, preservados, velados, pero también deben ser contados en el sentido de narrados. La justicia sobre esas vidas desechadas es también narrativa, implica sustraerlas de las máquinas discursivas del machismo. La afirmación inicial y fundamental del movimiento es que ninguna vida es desechable.

Ni una menos intenta discutir la violencia que produce zonas de excepción en las que no hay amparo legal y, al mismo tiempo, señalar la especificidad de la violencia sobre las mujeres, transexuales y travestis. Si no estuviera presente la conciencia sobre un modo de funcionamiento social, que produce ese trazo entre vidas con mérito para ser cuidadas y vidas a ser desconsideradas como tales; la denuncia feminista podría ser funcional a esa división: cuiden nuestras vidas, no importa de qué modo. Pero si la atención no se centra de manera permanente sobre la especificidad de la violencia machista, se pensaría la desigualdad de género como una cuestión de segunda instancia, no tan relevante ni fundamental.

Las luchas sociales contemporáneas dirimen asuntos del derecho a la vida. Cuando se explota hasta la muerte algunos cuerpos, cuando se priva a algunas zonas del acceso al agua, cuando se desplazan poblaciones por el avance de la frontera agrícola, cuando los servicios de salud tienen una lógica sólo mercantil, cuando en algunos barrios las instituciones son una banda armada más que disputa a los tiros, cuando las barriadas populares se convierten en ghettos, cuando el capital se arroja sobre territorios hasta desertificarlos, está en juego el derecho a la vida. ¿Se puede acaso pensar el crecimiento de la violencia femicida sin el contexto en el que se produce, cotidianamente, la supresión de la empatía con el sufrimiento?

Miles y miles salimos a la calle para condolernos por las muertas. Nos reconocimos en la fragilidad común. Reconocernos vulnerables permitió afirmar la fuerza de estar juntas y evitar la captura securitista de la vulnerabilidad. Las derechas afirman al individuo separado y autónomo y sujeto a amenazas de toda índole. La vivencia de fragilidad hace correr hacia tecnologías protectoras –médicas, de seguridad- o da lugar a modos de venganza y ejercicios punitivistas: "que pague lo que hizo". El discurso de la seguridad es el modo de tratar nuestra fragilidad de un modo reactivo, individualista, atemorizado. Buscamos crear otro, que enlace lo singular de cada vida y el deseo como sustrato de la experiencia común y política. Duelo y deseo son experiencias de la desposesión, que nos revelan hasta qué punto nuestras relaciones nos constituyen y, como dice Judith Butler1, "somos desposeídas por ellas". El duelo colectivo toma al dolor como tema público y lo vincula con la pregunta de qué comunidad es posible. Las movilizaciones incluyen una suerte de éxtasis, de salida de sí, una ruptura de la privatización individualizante. Ni una menos trama política desde la corporalidad sintiente, la experiencia de la fragilidad y de la inconsciencia del deseo.

El 19 de octubre de 2016, ante un asesinato brutal2, hicimos el primer paro nacional de mujeres. Dijimos: si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras. A partir de allí, el movimiento de mujeres se afirmó en la organización de los paros internacionales, los 8 de marzo de 2017 y 2018. En este último, la movilización se multiplicó y se dio signos propios. Fue festiva, intergeneracional, performática, artística. Tomó los motivos del carnaval popular y dramatizó la fiesta de un sujeto en construcción. Festejó su propio amanecer.

El paro internacional de mujeres pone en escena una desmesura. Desborda toda medida aunque agite una agenda de reivindicaciones. La desmesura surge del paro como experiencia colectiva, catarsis y proceso de organización, momento privilegiado de un amasar subjetividad política. El paro de mujeres es desmesura porque la idea de trabajo que reconoce, sobre la que se propone interrumpir, no es unidimensional. No acepta la reducción del trabajo a empleo asalariado, sino que menciona toda labor productiva, el esfuerzo creador, el hacer con la materia, el tejido de lazos comunitarios. Reclama el reconocimiento de todo el trabajo productivo y reproductivo que hacemos.

El paro afecta los cimientos mismos del orden social: se dirige contra el ideal de domesticidad y la norma de género que condena a las mujeres a las tareas de la casa y, al mismo tiempo, contra la sumisión al trabajo mal pago en nombre de la libertad que da el salario. Discute los techos invisibles a las carreras profesionales y a la vez postula una noción de igualdad que hace temblar también esas jerarquías. Se dirige contra las patronales, con una agenda de reivindicaciones laborales y contra el Estado que criminaliza protestas, contra los machistas en la casa y en la cama. Atraviesa la pareja, la política, la familia, el espacio laboral, el arte, la ciencia. El mismo paro. Desobediencia que recorre la vida entera como anhelo de interrupción y deseo de fundación. Revela un enlace habitualmente invisible: la acumulación de riquezas no sólo es apropiación de lo que se crea en los ámbitos laborales, también captura el excedente producido por el saber y hacer comunitario y por los oficios de la reproducción doméstica. El paro, al nombrar todos los modos del trabajo, muestra esa colectiva producción de riquezas que es privatizada, mientras sus creadoras son privadas de ella.

Cada movilización hereda, reconoce e inventa. El movimiento de mujeres construye modos de intervención, enunciados políticos, dramaturgias propias. En cada pliegue que recorre, profundiza lo que entiende por violencia y afirma distintos modos de autonomía. Asistimos, asombradas y entusiastas, a ese potente amanecer.

1 — Judith Butler, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia (2004) Traducción de Fermín Rodríguez. Paidós. Buenos Aires, 2009.

2 — El 16 de octubre de 2016 una joven de 16 años fue asesinada. Dos hombres fueron detenidos. En la versión que circuló en esos días, Lucía Pérez había muerto por exceso de dolor -reflejo vagal- ante una violación múltiple y empalamiento. En el curso del juicio esta versión se desestimó, pero la familia considera que no son correctas las hipótesis actuales de la investigación.

Posted 04 July 2018
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