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Tribunas de La Habana

Antonia Eiriz, Una tribuna para la paz democrática, 1968.

(A mi abuela mima que hoy cumple cien años)

Una tribuna para la paz democrática, la rotunda pieza de Antonia Eiriz de 1968, ha sido convocada más de una vez en relación a obras de Tania Bruguera como Autobiografía (2003) o El susurro de Tatlin # 6 (2009 y 2014). Una tribuna vacía que se planta frente al espectador. En la pintura,una multitud informe espera a que alguien tome la palabra. Pareciera que sólo son espectadores. Pero a quien se sitúa delante del cuadro le corresponde, por ese breve tiempo, el lugar del hablante. Los cinco micrófonos nos señalan, como invitándonos a dejar el rol de observadores y a que participemos. En contraste con obras anteriores de Eiriz como El vaso de agua, en la que la figura deformada y un poco monstruosa del orador inunda el espacio pictórico, esta *tribuna *ubica el lugar de enunciación en un afuera, en el sitio en el que estaríamos nosotros, o nuestra ausencia.

¿Qué amenaza supuso ese gesto en la Cuba del 68? ¿A qué fantasmas asedió? No había entonces convocatoria pública, ni minutos para hablar, ni nadie en verdad diría una palabra. Fue quizás la mera insinuación de que cualquiera *estuviese en el lugar del orador lo que resultó problemático. Antonia Eiriz había presentado su *tribuna *al Salón Nacional de 1968, en el que la pieza estuvo a punto de ser premiada, hasta que apareció en escena el entonces vicepresidente de la UNEACi, el estalinista crítico literario José Antonio Portuondo, para condenar la obra de una de los más grandes del arte cubano. Después de aquel episodio, la artista se retiró a su barrio en el Juanelo, a enseñar y trabajar con sus vecinos técnicas de papel maché y teatro comunitario. No volvería a sus pinturas y ensamblajes, tampoco a exponer, en más de veinte años. En una entrevista publicada en 1994, poco tiempo antes de su muerte en Miami, Eiriz afirmaba: "Cuando me hicieron esos comentarios de que mi pintura era "conflictiva" llegué a creerlo. *La tribuna, por ejemplo, se iba a premiar y no se premió a raíz de las críticas. Un día vi todos los cuadros juntos por primera vez en mucho tiempo. Me dije a mí misma: esta es una pintura que expresa el momento en que vivo. Si un pintor puede expresar el momento en que vive, es genuino. Así que me absolví".ii

En aquel 68, un poema dedicado a Antonia Eiriz era parte de Fuera del Juego, el libro de Heberto Padilla que obtuvo ese año el Premio de Poesía Julián del Casal otorgado por un jurado honorable, y resistente a las presiones de la UNEAC. La publicación en Cuba fue precedida de un texto reprobatorio, en el que el "comité directivo" expresaba su desacuerdo con esos libros (incluyendo Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat) "ideológicamente contrarios a nuestra revolución" y señalaba que "esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya a la hora en que el imperialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba". El conocido como "caso Padilla" arrancó con un libro de poesía, un premio cuestionado y derivó luego en cárcel, autoinculpación del escritor, denuncia internacional de numerosos intelectuales que hasta ese momento se habían considerado simpatizantes de la Revolución cubana, rupturas, exilios y un largo etcétera.

Tantos años y qué pocas diferencias hay, ay, entre la autoridad desencarnada de aquel comunicado del "comité directivo" y estas: "Nota oficial del Consejo de las Artes Plásticas" y "Declaración de la Presidencia de la Asociación de Artistas Plásticos de la UNEAC", firmadas ambas el pasado 29 de diciembre en vísperas de la convocatoria a la Plaza de la Revolución que hiciera Tania Bruguera y la plataforma yo también exijo. Esa autoridad sin nombre propio que firma los comunicados oficiales se refiere a la acción, en uno y otro texto, como "pretendido" y "supuesto" performance. Mientras uno lo considera "inaceptable" por "la manipulación que ha tenido en los medios difusores de la contrarrevolución", el segundo denuncia que "la iniciativa ha sido ampliamente difundida por medios de la contrarrevolución". Mono ve, mono hace. Mono obedece.

Si la tribuna de Antonia vuelve en estos días a través de la de Tania, no es sólo por el gesto que ambas obras encarnan, si no por la semejante censura institucional que han debido enfrentar. Por suerte, los efectos de esa censura sobre una y otra no son comparables, como tampoco los contextos en que se inscriben sus prácticas: desde el distinto lugar concedido al artista hasta la visibilidad y soporte internacional con el que puede contar hoy. De algún modo, me gusta pensar que el silencio de Antonia Eiriz se escucha aún en El Susurro de Tatlin, y en otras tantas voces. "No hay arte en el mundo más deudor de su arte que la plástica cubana de todos estos años: en su voluntad crítica, en su dolor activo, en su permanente vocación anticonformista está presente, como en ninguna otra parte, el singular magisterio de Antonia Eiriz", afirmaba la profesora y crítica María de los Ángeles Pereira en un homenaje póstumo a la pintora.

Galería I-Meil, el proyecto del artista Lázaro Saavedra que periódicamente realiza intervenciones gráficas y textuales a través de correo electrónico, compartió hace unos años la imagen de Una tribuna para la paz democrática, de Antonia Eiriz. La intervención era fuerte. Tenía lugar en el cuarenta aniversario de aquel 68 que conoció, y olvidó, esa pintura. Pero era también el año en que Fidel Castro comunicó oficialmente que no aceptaría el cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe. Así, el 18 de febrero de 2008 el periódico Granma publicaba el último "Mensaje del Comandante en Jefe": "No me despido de ustedes -decía- Deseo solo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré escribiendo bajo el título 'Reflexiones del compañero Fidel'. Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche."

En 2008, la tribuna vacía señalaba quizás la ausencia de esa voz, cuyos accidentes, entonaciones, énfasis se habían identificado puntualmente con el discurso público en Cuba por casi medio siglo. Una tribuna para la paz democrática, sin embargo, podría verse menos como el podio vacío a la espera del caudillo, que como un lugar que –no sin antagonismo- podría ser ocupado por cualquiera. En verdad, no sé si antes del último Susurro de Tatlin tenía yo esta lectura de la obra de Antonia Eiriz. Hoy me es inevitable.

i Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba

ii "Antonia Eiriz: una apreciación", entrevista realizada a A.E. por Giulio V. Blanc, Art Nexus, julio-septiembre de 1994.

Antonia Eiriz, Una tribuna para la paz democrática, 1968.
Posted 09 Feb 2015
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