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“Se le otorga el presente certificado de reconocimiento al compañero(a) Tamara Díaz Bringas como constancia de su participación en la victoriosa Marcha del Pueblo Combatiente, realizada en todo el país el 17 de mayo de 1980, contra las agresiones imperialistas, contra el criminal bloqueo económico, contra la ilegal base naval de Guantánamo, contra los arbitrarios vuelos espías sobre nuestro territorio. República de Cuba, mayo de 1980, Año del II Congreso. Firmado: Fidel Castro Ruz, Comandante en Jefe."

"Se le otorga el presente certificado de reconocimiento al compañero(a) Tamara Díaz Bringas como constancia de su participación en la victoriosa Marcha del Pueblo Combatiente, realizada en todo el país el 17 de mayo de 1980, contra las agresiones imperialistas, contra el criminal bloqueo económico, contra la ilegal base naval de Guantánamo, contra los arbitrarios vuelos espías sobre nuestro territorio. República de Cuba, mayo de 1980, Año del II Congreso. Firmado: Fidel Castro Ruz, Comandante en Jefe".

Entre las fotos de familia que guarda mi madre en Cuba, encontré esta constancia de mi "participación" en la Marcha del Pueblo Combatiente. En mayo del 80 yo tenía seis años. Apenas puedo acordarme de aquel desfile del que, sin embargo, me queda la evidencia de un documento. Un vago recuerdo me sitúa desfilando junto a mi padre en el pequeño batey del central azucarero donde vivíamos. Pero mi única memoria de aquella jornada está vinculada a cierta tensión cuando debíamos pasar frente a la casa de mis abuelos, de la que estaba a punto de irse mi tío, uno de los "marielitos" que dejaron Cuba en aquel abril de 1980.

Si la Marcha se había convocado bajo las consignas de "No al bloqueo, No base yanqui, No vuelos espías", lo que se coreaba entonces repetía "¡Que se vaya la escoria!". El enemigo era, por supuesto, el imperialismo. Pero los actos que se escenificaron en todo el país también habían singularizado al enemigo entre sus propios vecinos: los más de 10 mil cubanos que en abril de 1980 habían ocupado la Embajada del Perú para solicitar asilo político, los más de 125 mil que saldrían en las semanas siguientes por el puerto del Mariel.

En el capítulo "Que se vaya la escoria", de la imprescindible investigación Cuba. El socialismo y sus éxodos (2013), Armando Navarro Vega detalla: "Además de los exilados en la embajada de Perú, los reclamados por sus familiares, los presos políticos que fueron evacuados por esta vía en cumplimiento de los acuerdos del año 1978, y los delincuentes deportados [...], el gobierno cubano le ofreció la 'oportunidad' a quienes tuvieran antecedentes penales, o exhibieran conductas antisociales, impropias o contrarias a la moral y los principios revolucionarios, de acreditar su condición de 'escoria' en las Unidades de la PNR (Policía Nacional Revolucionaria) lo que les concedía la posibilidad de viajar también por Mariel. Pronto se supo que aquellos que se declaraban homosexuales (hombres fundamentalmente) o prostitutas estaban saliendo rápidamente, y que además no se requería tener antecedentes policiales de ningún tipo. Bastaba con llevar un 'informe' del CDR o firmar una declaración jurada autoinculpatoria, y acceder a los grotescos requerimientos de los policías de 'caminar de aquí para allá' para detectar, en un contoneo de caderas, las preferencias sexuales pecaminosas del declarante".

El primer número de la revista de arte y literatura Mariel, publicada desde Nueva York y Miami entre 1983 y 1985 por un grupo de escritores y artistas cubanos emigrados a través de aquel puente marítimo, y dirigida por Juan Abreu, Reinaldo Arenas y Reinaldo García Ramos, denunciaba en su editorial: "... lo cierto es que la enorme carga de terror y descontento humano que encerraban los refugiados del Mariel fue opacada por la más simple caracterización de una parte ínfima de ellos: los que habían sido llevados al crimen o a la demencia por el mismo gobernante que los expulsaba irresponsablemente".

De un escenario de expulsión a uno de reclamo, el puerto del Mariel se ha transformado hoy en una de las principales bazas del gobierno cubano para empujar la economía "a través de la atracción de inversión extranjera". Se trata de una zona franca de producción, importación y exportación capaz de recibir buques de gran calado, incluyendo los que no pueden atravesar el actual Canal de Panamá. La página web de esa Zona Especial de Desarrollo Mariel no tiene el mínimo recato en señalar entre las ventajas de su ubicación el "futuro Canal de Nicaragua", un proyecto impulsado por el gobierno de Daniel Ortega y que supone la concesión a una empresa china de su construcción y posterior administración durante 100 años. Esta obra, que ha sido celebrada por el gobierno de Raúl Castro, se ha puesto en marcha con la oposición activa de movimientos sociales y ambientalistas, así como de miles de campesinos amenazados de expropiación y cuyas manifestaciones de resistencia han sido fuertemente reprimidas.

En Cuba, el anuncio de la Zona Especial de Desarrollo Mariel se ha acompañado de una nueva Ley de inversiones extranjeras, que entiende como potencial inversionista a la "persona natural o jurídica con domicilio y capital en el extranjero", una posibilidad que no contempla a los residentes en la isla. Para éstos, la zona franca prevé la contratación de mano de obra a través de una "entidad empleadora" cuyo objetivo declarado es el de "suministrar y controlar la fuerza de trabajo". A través de esa empresa del Estado se gestiona la remuneración de los trabajadores cubanos, que por otra parte carecen de estructuras de protección laboral como un sindicato independiente. En contraste, el nuevo Mariel ofrece numerosas garantías e incentivos fiscales a los inversionistas.

En ese horizonte de un capitalismo de Estado, la página de la ZED muestra un mapa con líneas que confluyen en Mariel. La imagen de un puerto conector en el que lo que está en juego hoy tiene que ver menos con movimiento de personas (como en el 80) que de capital. De todas formas, la migración en Cuba ha supuesto también –especialmente a través de las remesas- una de las principales fuentes de subsistencia para una economía colapsada. A los exiliados se les reclama si acaso en calidad de "inversionistas" pero nunca como sujetos políticos. Bueno, tampoco se considera como tal a los cubanos de la isla, donde la "participación" política se concibe en términos de ocupar el lugar asignado en el desfile oficial. Por eso, por la interpelación que nos hace ahora, suscribo la carta abierta de Tania Bruguera que dio origen a la convocatoria del 30 de diciembre de 2014 en la Plaza de la Revolución y su demanda del "derecho a ser seres políticos [y] no sólo entes de la economía".

La década del ochenta empezó en Cuba con un gran chapoteo, el éxodo del Mariel y la irrupción de una nueva generación de artistas formados en la Revolución, en cuyas obras de entonces apenas se vieron huellas de la mayor crisis migratoria –pero también familiar, afectiva, social- que había tenido lugar en la isla. Es curioso que la década terminara con otro éxodo, el de esa misma generación de artistas. Paradojas. A mis seis años participé en una marcha que entonaba "¡que se vaya la escoria!". A los veinticinco, en otra "marcha", me fui yo.

Posted 23 Feb 2015
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